Una de las consecuencias no planeadas de la pandemia fue la explosión del trabajo en casa o del trabajo a distancia (que no necesariamente es lo mismo). Al inicio hubo más optimismo que cautela. Las personas podían pasar más tiempo con sus familias (confinadas o no) y sobre todo en ciudades altamente congestionadas, como la CDMX o Nueva York, sentían que el tiempo les rendía más (de nuevo, sin muchas cosas por hacer, por la circunstancia sanitaria). A nivel macro, las organizaciones se dieron cuenta de que mucho del trabajo se podía realizar sin tener contacto presencial con los empleados, y que trabajar por objetivos más que por horarios, era más factible de lo que muchos pensaban.
Luego vino el lado desagradable de esta situación: borrar la separación entre el espacio laboral y el personal trae consecuencias en la salud mental de muchas personas; para quien tenía que encargarse de la educación a distancia de sus hijos, fue especialmente desafiante y los resultados parecen tener rendimientos decrecientes; para algunos trabajadores, representó un costo adicional porque tuvieron que adquirir y mantener herramientas tecnológicas que hicieran posible el home office, y el gasto de operación en su propia casa, si lo multiplicamos por el número de trabajadores, representó un ahorro enorme para las organizaciones en materia de gasto de oficinas. La cereza del pastel fue que los patrones ya no entendían de horarios, días inhábiles ni límites: “Mándaselo ahorita, al fin que está en su casa”. Es fácil ver lo malo de esa instrucción, con todo y el tono despreocupado.
Quizás sea por todo esto que el trabajo a distancia ha sido redimensionado como un estado transitorio que se normalizará poco a poco, como la interacción social en general, pues sigue teniendo más vigencia Aristóteles y su afirmación de que el ser humano es sociable por naturaleza, que algún catastrofista de segunda fila que escribe artículos en revistas de moda.







