Justo cuando creíamos que estábamos por salir de esta pandemia, la variante omicron ha llegado para “bajarnos de la nube”. Este acontecimiento vuelve a sacudir a la humanidad y a replantear las estrategias para abordar la actual crisis.
La pandemia puede ser una cuestión global, que aunque se ve como una “tormenta” que afecta a todas las personas, es necesario recalcar una vez más que no estamos remando bajo las mismas condiciones ni contextos. Nos encontramos en un momento en el que se replantean preguntas sobre las vacunas, ya sea en cuanto a su acceso y obligatoriedad. Las brechas de desigualdad nos revelan que mientras en los países de ingresos altos el 67.3% de la población se encuentra completamente vacunada y que han comenzado con una tercera dosis de refuerzo; los países de ingresos bajos sólo cuentan con 2.9% de personas en el mismo estado. Adicionalmente, a modo de reflexión, algunos de esos mismos países de ingresos altos cuentan con sectores poblacionales que están en contra de la vacuna y que mencionan que su obligatoriedad sería un atentado a sus garantías mientras que algunos epidemiólogos temen que de no vacunarse, el virus seguirá mutando al punto de que las vacunas actuales se verán reducidas en su capacidad de protección.
Las desigualdades existentes nutren y se ven nutridas con las noticias acerca de la variante omicron, llamada así para evitar que las personas piensen que es un virus nuevo o que se confunda con el presidente actual de China. Aunque la variante se haya registrado en Sudáfrica, se ha confirmado que ya había registros en Europa, por lo que aislar con restricciones de viaje y la señalización de la región como la “causante” de esta nueva ola sólo demuestra la falta de empatía y solidaridad en un reto de magnitudes globales.







