La crisis de semiconductores, generada por la disrupción de cadenas de suministro desde los países asiáticos, es la causa principal de la caída en la producción de autos nuevos y otros productos con componentes digitales, desde teléfonos hasta computadoras. Sin embargo, impacta prácticamente todo, porque vivimos en un mundo donde todo está interconectado o tiene alguna pretensión de conectividad, desde las estufas y las lavadoras hasta los relojes. Por eso, por la dependencia de todos los bienes a usar semiconductores, su escasez es uno de los factores inflacionarios generales.
Estados Unidos está lidiando con este problema de manera errática
Sobre todo, destaca la intención del presidente de ese país, Joe Biden, de subsidiar la compra de autos eléctricos fabricados ahí mismo. En el papel, parece una idea no tan mala: incentiva el viraje de los consumidores a automóviles que no gastan gasolina, y por ende le da puntos en el tránsito hacia las energías limpias, a la par que reduce la dependencia del país a combustibles fósiles. Eso en la teoría, porque en la práctica adolece de la visión sistémica requerida para ver el tema en su complejidad.
Primero que nada, esa propuesta de subsidio va acompañada de una solicitud de recursos de 52 billones de dólares para que se impulse “la investigación y producción” de chips en Estados Unidos, porque los autos eléctricos necesitan para su producción el doble de los autos de gasolina, ahorita no hay, y cuando haya, la movilidad de los norteamericanos no estará a merced de los Rusos y Árabes que tienen la gasolina, sino a merced de Taiwán, China y Corea, que son los que tienen los chips. Si Estados Unidos quiere convertirse en el nuevo suministrador global de semiconductores, no lo hará en un año ni en dos, así que el subsidio no tendrá más efecto que el de problematizar la producción de las compañías automotrices. No es un buen plan.







