Después de un año 2020 en el que la salud de todas y todos se vio amenazada ante un virus tan extraño, el 2021 parece dar atisbos de esperanza con la llegada de las vacunas a los diferentes países. Muchos tienen la esperanza de que, bajo la premisa de un mundo vacunado, se pueda regresar a lo que era normal; sin embargo, los impactos de salud nos deberían hacer reflexionar en que, además de ser un punto de no retorno sino de nuevas dinámicas, La pandemia nos ha impactado en enfermedades que no pueden disminuir con una vacuna. La salud mental es de los amigos silenciosos que nos han afectado más durante la pandemia y cuyos efectos tendrán impacto en el mediano y largo plazo.
La pandemia de COVID-19 ha afectado a la salud de las personas, pero también a sus objetivos, su dinámica familiar, su rol laboral y su estabilidad económica. En este sentido, constituye una crisis global sin precedentes que ha ejercido un impacto sobre la salud mental a través de múltiples mecanismos de forma simultánea, y que requiere una actuación urgente. Tan sólo en octubre del año pasado, un estudio de la OMS reveló que la pandemia había paralizado los servicios de salud mental esenciales del 93% de los países de todo el mundo. La abrumación, el enojo, la tristeza, la frustración, las dificultades de concentración, los dolores de cabeza, han sido experiencias que, habiendo contraído el virus o no, hemos experimentado en algún punto de la crisis sanitaria sin actuar con la misma urgencia.
De acuerdo con un estudio de ISGlobal, esos daños en la salud mental tienen efectos individuales y a nivel social porque los cambios abruptos se han traducido en niveles altos de estrés, violencia doméstica, suicidios, y consumo de substancias a lo largo de más de un año. La crisis actual requerirá no sólo de la vacuna Pfizer o Moderna, sino de abordar los traumas psicosociales y los. Impactos socioeconómicos de las personas.







