Después de la Revolución se instauró en México un régimen con Presidencia Imperial y partido casi único, el cual gobernó al país por más de 70 años. Gobernaba un monarca sexenal que ejercía facultades metaconstitucionales, controlaba los otros poderes, carecía de contrapesos, premiaba a la prensa abyecta, acosaba a periodistas que se atrevían a escudriñar al poder y hasta organizaba las elecciones porque se asumía guardián de la democracia.
A ese régimen que Mario Vargas Llosa llamó La Dictadura Perfecta es al que nos quiere regresar López Obrador. Hoy vemos resurgir a los diputados levantadedos que no le cambian una sola coma a las iniciativas presidenciales y hasta se jactan de violar la Constitución para complacer a su patrón que decidió prolongar el mandato de Arturo Zaldívar al frente de la Suprema Corte al margen del derecho.
Mientras intimida a los ministros, advirtiéndoles que si no avalan su deseo sirven a la corrupción, el Presidente promueve el linchamiento de jueces que amparan a ciudadanos contra sus arbitrariedades. Y también amedrenta organismos autónomos. Como no le gustaron las resoluciones del INE y el Tribunal Electoral que cancelaron la candidatura de su compadre Félix Salgado, y se molestó por la decisión del INAI de interponer una Acción de Inconstitucionalidad contra la entrega de datos biométricos por usar un teléfono celular, anunció como respuesta una iniciativa para reconfigurarlos.







