La palabra “gentrificación” tiene un tufo millennial que resulta antipático para muchos, pero es un problema tan extendido, y tan de la incumbencia de todos, que debemos acostumbrarnos a incluirla como categoría de análisis cuando hablamos de vivienda. Se refiere al fenómeno a través del cual el desarrollo asimétrico de una Ciudad, hace que las personas que de ahí son oriundas o que llevan mucho tiempo residiendo en ella, tienen una situación cada vez más precaria para poder pagar sus propias rentas o habitaciones; en suma, es un desplazamiento forzoso por razones económicas, donde se obliga a los habitantes de una ciudad a salir de ellas o a cambiarse de zona de residencia porque su vivienda original se vuelve demasiado cara para ellos.
Hay otro término que ha caído en desuso, pero nuestros padres (los verdaderos boomers) lo conocen perfectamente, el “centralismo” del desarrollo. En pocas palabras, se refiere a que los polos de desarrollo en México son pocos, celosos y excluyentes. Cuando se habla de “CDMX, Guadalajara y Monterrey”, no hay que decir mucho más para saber de qué va la conversación.
Lo que otros países han hecho es desarrollar nuevos polos de desarrollo, así sea modestos, mediante la decisión informada de movilidad laboral. Para hablar en términos llanos: mientras que en Estados Unidos es extremadamente raro que un persona nazca, estudie y desarrolle su carrera profesional en el mismo lugar, en México es la regla general. Esto puede tener un elemento de arraigo cultural (el síndrome del Jamaicón Villegas, al nivel más local), pero también deriva de falta de información y los prejuicios. Para no ir más lejos, un indicador del INEGI sumamente revelador es la subutilización de fuerza laboral en las ciudades. Se refiere a la suma de subocupados, desocupados y personas disponibles para trabajar, es decir, es el indicador más confiable sobre las oportunidades (o falta de oportunidades laborales) en una ciudad.







