La pregunta más frecuente que las personas me hacen sobre el vino es: ¿cuál es el mejor de todos? ¿importa realmente el precio? La respuesta no es simple y siempre hay una serie de mitos que lo rodean. He escuchado a muchas personas responder que el “el mejor vino es el que a uno le gusta” (y no podría estar más de acuerdo con ello), sin embargo, para tratar de dar respuesta a la pregunta sobre el precio de los vinos y su relación con la calidad, trataré de explicar algunos factores a tomar en cuenta al momento de analizar los precios que vemos en las botellas.
Primero, ¿puede un vino barato ser bueno? La respuesta es sí, por supuesto. Un vino barato no necesariamente tiene que ser malo. La calidad del vino no está relacionada exclusivamente con el precio, sino con muchos factores: la calidad de la uva, el terreno, el clima, las decisiones que se toman al momento de producirlo, los impuestos y regulaciones, etc. Para tener un mejor contexto quiero mencionar, por ejemplo, que en los Estados Unidos (uno de los mercados de consumidores de vino más grandes) la gran mayoría del vino que la gente compra – arriba del 90% – no sobrepasa el precio promedio de 15 dólares por botella (es decir, más o menos unos 300 pesos). En lo personal he conseguido excelentes botellas por menos de esa cantidad.
Pero en realidad, ¿el precio afecta la calidad del vino? La respuesta también es afirmativa (en parte). Si bien es posible encontrar excelentes botellas de vino por una módica cantidad, también existe la posibilidad de que estemos comprando una botella de vino que no necesariamente sea la mejor. ¿Por qué razón? La respuesta es porque si la calidad de los ingredientes y técnicas que se utilizan para producir vino aumenta, pues naturalmente también aumentará el precio de una botella. La producción masiva de vino, en ocasiones, puede utilizar ingredientes que no necesariamente producen una mejor bebida. La clave de ello es saber identificarlo. Pero sobretodo encontrar el balance perfecto entre precio y calidad. Como decimos en México con el famoso refrán: ¡ni tanto que queme al santo, ni tanto que no lo alumbre!







