De ambos lados del espectro político, es previsible que el Programa Nacional de Vacunación se utilice como la utilería preferida para golpear a los adversarios, importando poco que de lo que se trate sea de la vida y la salud de los mexicanos, y de un parteagüas que definirá las formas de interacción social y los hábitos de consumo de las personas, al menos durante los próximos 10 años. Las celebridades de la era digital tienen un horizonte de vida político muy corto, y es poco probable que vean este tema más allá de su rentabilidad o sus riesgos durante el presente sexenio; para ellos incluso 2025 ya es como otro periodo geológico, que ni pueden visualizar ni sienten que les atañe.
Con lo expuesto quiero decir, en primer lugar, que los políticos de ahora son sobre todo celebridades, más que funcionarios públicos. Eso implica que el tratamiento que les da la opinión pública, y la conducta que se espera de ellos es similar a la de cualquier otro personaje de la farándula, y basta ver cómo se encuadró la toma de posesión del nuevo presidente de Estados Unidos. Era imposible saber si estábamos frente a una investidura gubernamental o en el medio tiempo de un Superbowl, con todo y números musicales.
Lo anterior es preocupante porque pienso que algunas fronteras se están borrando y las consecuencias pueden ser desalentadoras. La legitimidad política siempre ha sido factual más que jurídica, pero nunca había sido sinónimos de popularidad, como se entiende en la preparatoria o en en Billboard de canciones pop. Y hay una buena razón para ello: las decisiones de Estado no siempre son populares, ni agradables, ni placenteras. De hecho, si hacemos el ejercicio de revisar muchas decisiones que hoy son emblemáticas (el New Deal de FDR, la expropiación petrolera, la firma del TLC, hoy orgullo de la izquierda), nos encontraremos con un amplio vituperio y escepticismo por parte de la opinión pública de su tiempo.







