Tras dos años extenuantes, “la mal llamada cuarta transformación” arranca su tercer año de gobierno a tambor batiente. No solamente enfrenta una pandemia global, repercusiones económicas muy profundas, desempleo al alza y recaudación fiscal a la baja; sino que también ha decidido combatir a grupos de la sociedad civil, a los medios, a las redes sociales y por si faltara poco, a la nueva administración de Estados Unidos. Se nota que al Presidente le gustan las batallas cuesta arriba. Si no fuera así, habría abandonado sus ambiciones presidenciales desde 2007.
Andrés Manuel no buscaba ganar una elección o gobernar, él busca un espacio en la historia de México. Por eso, entre sus preocupaciones no están ni la muerte de más de 140 mil mexicanos, ni la caída en el crecimiento más grave de la historia de un país con antecedentes económicos de por sí vergonzosos. Su esposa historiadora seguramente le ha convencido de que a Francisco I. Madero (un favorito del Presidente) se le recuerda por su proeza revolucionaria, y no por el casi millón y medio de muertes generadas por la Revolución. En otras palabras, para hacer un omelette, se tienen que romper algunos huevos y para protagonizar páginas en un libro de la SEP, hay que eliminar todas las instituciones que se pueda. Si dichas instituciones servían o no, es lo de menos, porque la historia la escribirá algún siervo de la nación que cuide ese legado.
Sin embargo, ese legado hoy sólo tiene con dos años. Por eso, según el mismo Andrés Manuel, los siguientes dos años estarán dedicados a la consolidación de su proyecto. ¿Cómo hará esto? Garantizando que, a los ojos de los mexicanos, cualquier alternativa será peor que él, con todo y la pandemia, el desempleo, la inseguridad y la crisis económica.







