Reseña: Porfirios

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Amante del buen comer

En México, la comida va de la mano de colores y olores, de formas y texturas, de rituales y gestos, de formas y fondos. El mexicano no solo come en la mesa, también come en la calle, en el parque, sentado pero también de pie, incluso en cuclillas frente al fogón y hasta recostado viendo una película en casa. El mexicano le ha perdido el respeto a los alimentos sobre el tablón.

Y así, muchas de las tradiciones mexicanas llevan de la mano diferentes artefactos que los complementan para hacer de ellos una experiencia única, una experiencia mexicana. Pensemos por ejemplo en un parque con su “algodonero” (artista en su carrito semifijo atrapando en el aire azúcar de colores para darle una pomposa forma de cono, mientras varios niños con caritas anonadadas lo rodean… y yo también) y “el señor de las manzanas” (deliciosamente enchiladas, con su papel encerado, envueltas en una bolsa de celofán, rebosantes en un largo pedestal, listas para recibir la mordida voraz de algún pequeño o su adulto acompañante). O pensemos en las famosas “ferias de pueblo” con sus variados puestos multicolor donde uno puede degustar pan de nata con alegorías a miembros de la familia, buñuelos gigantes bañados en miel, chicharrones con cueritos y demás viandas que quepan dentro del mismo, etc., etc., etc.

Es por esto que me gusta el restaurante Porfirios, porque además de ser un buen restaurante mexicano, es un gran expositor de este tipo de rituales y tradiciones que rodean nuestra comida nacional.

En esta ocasión asistí a la sucursal de Polanco en la Ciudad de México acompañada de una gran amiga con la que siempre la comilona y la buena plática nos lleva a degustar varios y variados platillos. Así, decidimos pedir platos al centro, para hacer la experiencia más amplia y degustar sabores más diversos.

Todo inició con unas tostadas (naturales y enchiladas) acompañadas de frijoles refritos y las tres salsas del lugar, de menor a mayor picor, verde, roja y morita (y para los más aventurados, el mesero da la opción de traer desde la cocina la de habanero).

Nuestro primer plato fueron los “taquitos sudados de canasta”. Divinamente presentados en una canasta con la forma del triciclo deambulante que originalmente transporta este tipo de tacos por las calles de la ciudad. Los sabores y el tamaño fueron los originales: de papa, chicharrón, frijol y tinga de pollo.

A ellos siguieron unos “esquites de carrito”, y literal llegó junto a nosotros una persona con el carrito que los transportaba, lista para prepararlos de acuerdo a nuestro gusto: mayonesa, limón, queso y chile. La experiencia de la calle a unos centímetros de nuestra mesa.

Como dice el dicho, al ser “de mejor diente” que mi amiga, pedí una sopa de tortilla. Básica de la comida mexicana, servida paso a paso, cada uno de sus componentes van dando vida a la misma: tortilla finamente dorada y picada, aguacate, chile, crema y chicharrón, mezclados amablemente con el caldillo de tomate. Dulce y rica.

Nuestro plato fuerte fue el “Queso María Sabina” (queso de cabra y Oaxaca envueltos en hoja santa con salsa morita) una exótica mezcla que definitivamente hay que probar. Penetrante sabor de hoja santa con el toque de queso de cabra y un ligero sabor del Oaxaca, con una salsa picosita que permite al comensal degustar el picor según su paladar, gran explosión de sabores.

Nuestros alimentos fueron acompañados por una fresca agua de pepino con limón, recién preparada y puesta en la mesa en un pequeño y lindo vitrolero como aquellos que vemos en la kermés escolar.

Nuestro postre de esta ocasión fueron martinis de mazapán. Deliciosos cocteles que recuerdan nuestra infancia pero en una presentación de adultez. Dulces y fuertes, dieron el toque final a nuestro banquete.

Al final, con la cuenta, un abanico de obleas de colores llenó de vida la mesa y nuestro estómago. Gran detalle mexicano.

No dejaré pasar la oportunidad de sugerirles pedir los churros, que si bien no los degustamos esta vez, además de su bonita presentación en carrito, incluyen todas las coberturas típicas: chocolate, cajeta y lechera.

Porfirios es definitivamente un lugar al que podemos llevar a un amigo o socio extranjero, donde sin la necesidad de aventurarse en la ciudad, podrán degustar sabores de calle, acompañado de esa pequeña historia alrededor de ellos.

¡Buen Provecho!

Amante del Buen Comer®

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