Presidente millennial

Columnista

Twitter: @ana__islas 

El tablero político en Centroamérica tiene una nueva pieza que apuesta a jugar muy distinto a como se ha venido haciendo durante las últimas tres décadas en El Salvador, en uno de los momentos en donde, incluso, las propias reglas del juego latinoamericano están cambiando.

Nayib Armando Bukele Ortez, nació justo un año después que inició la Guerra Civil en El Salvador, que se prolongó hasta 1992 cuando se firmaron los acuerdos de paz en ese país, luego de casi 75 mil víctimas y más de medio millón de desplazados, pero la herida sigue abierta.

De ascendencia palestina, Nayib encarna al candidato antisistema perfecto: empresario de publicidad y con poca experiencia política. En menos de un año, pasó de no tener partido a ser presidente electo de su país y ocupará la silla que deja un mandatario que  -literal- le dobla la edad.

Los retos son mayúsculos: El Salvador sigue siendo hoy en día uno de los países más violentos del mundo, con 60.1 homicidios por cada cien mil habitantes, con una creciente migración que en los últimos meses ha vuelto los ojos de preocupación de América del Norte a Centroamérica y con una pobreza que afecta a 28 por ciento de la población.

Otra tarea fundamental será reactivar la economía local. Las remesas familiares continúan siendo uno de los principales pilares de la economía nacional, algo que no sorprende con casi 25 por ciento de la población viviendo en otro país. El año pasado los envíos de dinero desde el exterior superaron los 4 mil 500 millones de dólares, en su mayoría provenientes de Estados Unidos en donde viven 2.8 millones de salvadoreños.

A nivel regional, Bukele tiene en primera instancia que tratar con dos vecinos incómodos: Honduras y Nicaragua, naciones en donde el año pasado estallaron crisis políticas y de gobernabilidad que amenazan la estabilidad de la región y cuyos mandatarios son cuestionados local e internacionalmente por prácticas anti-democráticas, represión social y violaciones a los derechos humanos.

Sobre los gobiernos en los dos países, Bukele ya se ha pronunciado: El de Honduras fue reelecto con fraude, dijo… el de Nicaragua, es una dictadura, afirmó. Managua pierde así una voz amiga -o al menos una que permanecía callada- en el pleno de la OEA.

Con Bukele en la presidencia de El Salvador el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela también pierde un aliado, en un momento en donde Caracas cuenta sus amigos con los dedos de una mano. Junto con el cubano Miguel Díaz-Canel, el boliviano Evo Morales y el nicaragüense, Daniel Ortega, el salvadoreño Sánchez Cerén fue uno de los cuatro mandatarios latinoamericanos que acudieron a la toma de protesta de Nicolás Maduro el 10 de enero.

Sin definirse como de derecha o izquierda, Bukele capitalizó la desesperanza de los salvadoreños hartos de la política tradicional y sus escándalos de corrupción que han golpeado al expresidente Mauricio Funes, tanto así, que su propuesta de crear una comisión internacional contra la impunidad fue una de las puntas de lanza de su candidatura.

El político joven llega, el viejo, se va. Cambia la figura y las formas y para el 1 junio cuando Bukele asuma como el presidente más joven en toda América, muchas cosas habrán cambiado en el ambiente regional y será momento de demostrar cómo gobierna un millennial una nación reconstruida sobre los escombros de la guerra civil y socavada por la violencia relacionada con las pandillas.

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