Pintas y vidrios

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Twitter: @abi_mt

La marcha del viernes 16 de agosto reclamó justicia y seguridad para las mujeres, pero también evidenció el costoso atraso social, cultural e institucional que enfrenta la lucha, y que las mujeres están pagando con su vida.

Decir que el gobierno de la Ciudad de México ha fracasado en las tareas de seguridad es minimizar lo lamentable de la situación actual. Luis Espino hace un genial recuento de cómo las crisis se le han acumulado y lejos de ver aprendizajes, sólo han evidenciado cómo cada una nueva emergencia ha rebasado a la Jefa de Gobierno y a su equipo, principalmente en estos temas.

Ante el lamentable caso de la violación tumultuaria por parte de policías a una menor y el patético trabajo que hicieron las instancias judiciales, en verdad me cuesta trabajo entender cómo hay personas que han sido incapaces de empatizar con la causa.

Me cuesta trabajo porque es obvio que cuando quien te agrede es quien se suponía que te iba a proteger, claramente ya no estamos tocando fondo, estamos en el subsuelo.

Me cuesta trabajo porque antes de la víctima de violación, estuvieron María Guadalupe (la mujer que murió en el metro y lo único que las autoridades pudieron hacer por ella fue sacar su cuerpo a la calle), Norberto (el estudiante secuestrado y asesinado), y un sinnúmero de víctimas cuyo nombre no conocemos porque aunque sus casos no fueron mediatizados, murieron como ella y él.

Lo que más me ha dolido es que a pesar de que muchísimas mujeres logramos organizarnos y salir a las calles para lanzar brillantina reclamando justicia, las acusaciones de “vandalismo” secuestraron la atención de la opinión pública y nos robaron mucho de la victoria que significó movilizarnos para, literalmente, luchar por nuestra vida.

Me rebasa que haya personas que al ver unas pintas y vidrios rotos tengan el atrevimiento de llamar eso violencia cuando las mujeres estamos apareciendo violadas, torturadas y hasta descuartizadas por toda la república. Si lo primero es violencia, entonces tenemos que inventar una nueva palabra para lo segundo.

Es importante reflexionar varias cosas:

  • El tipo de cobertura que se les da a las marchas feministas. El vandalismo en la marcha fue la excepción y no la regla, no obstante, la cobertura mediática inclinó la discusión social a cuestionar la legitimidad del movimiento dada la presencia de actos vandálicos y violencia (el ejemplo que robó más atención fue el del ataque al periodista, un hombre atacando a otro hombre, por cierto). ¿Es más importante discutir el vandalismo atípico (porque fueron “damitas” que debían “comportarse de acuerdo a su rol de género”, supongo) que entrarle al tema de la violencia sistemática y normalizada?
  • “Cómo sí” se exigen derechos. Los derechos no se negocian, no se piden y no se dan, la historia nos ha enseñado que los derechos son inherentes, se arrebatan y se reconocen. Las mujeres no tenemos voto y mejoras sustantivas hoy gracias a que nuestras abuelas se sentaron a tomar el té un día para convencer a los hombres de que “siempre sí” los merecíamos. No sé por qué sorprende la confrontación en las dinámicas sociales ante posiciones asimétricas de poder.
  • El papel de los monumentos. Me resulta increíble que mucha gente defienda las piedras y el metal del Monumento a la Independencia más que a las mujeres que están luchando por su independencia. Si los monumentos (en particular este) no están ahí para recordarnos las luchas que debemos dar por nuestros derechos, y apoyarlas, me parece que la discusión ni siquiera debería ser si deben vandalizarse, más bien deberíamos cuestionarnos si deben existir. Los monumentos no son decorativos, son conmemorativos de las acciones y luchas que han forjado a nuestra sociedad. La lucha por la seguridad de las mujeres es una de ellas, es urgente y busca combatir una violencia para nada comparable con pintas y vidrios.

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