Lecciones de paz y guerra, Juan Manuel Santos

Columnista

Twitter: @ana__islas

Empatía. Entender al otro. Perdonar ¿cómo aprendes eso? y ¿Cómo lo enseñas a todo un país? y ¿Si ese país es Colombia? Con su más de medio siglo de conflicto armado y sus más de 8 millones de víctimas que duelen al país, a la región y al mundo.

En su escritorio en Palacio de Nariño Juan Manuel Santos, presidente de Colombia de 2010 a 2018, tenía una artesanía que emulaba un par de zapatitos negros, brillosos y no precisamente muy cómodos: los zapatos de un Jefe de Estado.

Invitar a ponérselos a quien se sentaba frente a él no solo era una petición de empatía sino una invitación a asumir ser un presidente que quiere la paz de un país en guerra, una tal antigua y compleja que era casi inherente a la dinámica nacional.

La paz se promueve, se hace y se construye “Es como edificar una Catedral, ladrillo por ladrillo” dice Juan Manuel Santos.

Foto: Ana María Islas

En su rostro refleja una gentileza que invita a conversar y en su mirada, las reflexiones de un proceso criticado por unos y alabado por otros y cuyo legado tocará a futuras generaciones juzgar y valorar. Por ahora, toca aguantar los embates de quienes quieren una paz perfecta en un mundo imperfecto.

Muchos años antes de ser presidente, Santos aprendió en la Escuela Naval de Cadetes Almirante Padilla que un buen navegante siempre tiene un puerto de destino, que los vientos desfavorables también se usan para avanzar y que para ello hace falta paciencia, perseverancia y resiliencia.

Esas enseñanzas las puso en práctica durante los ambiciosos diálogos de paz que su gobierno emprendió de 2012 a 2016 con la guerrilla más antigua de América Latina, las FARC cuando tuvo que conducir el proceso a través del mar de confrontación por la tormenta de polarización política que lo acompañó desde la etapa exploratoria hasta la firma del documento final.

Una tormenta que casi hunde el barco. “Se me vino el mundo encima” dice Santos sobre la derrota sufrida en el plebiscito que él mismo convocó sobre el acuerdo y al que 50.2 por ciento de los participantes dijo “No”.

Pero al final, la derrota fortaleció el pacto: 95 por ciento de las propuestas de quienes lo rechazaban, fueron incluidas en el proyecto final.

El espaldarazo del Premio Nobel de la Paz dio el soporte final que necesitaba porque otra enseñanza del proceso fue que “no es posible negociar el fin de ninguna guerra asimétrica sin el apoyo de la región o de la comunidad internacional”.

Su más reciente libro “La Batalla por la Paz” supone una secuela a “Jaque al Terror” (2009) en donde detalla su experiencia durante los años que ocupó el Ministerio de Defensa en la presidencia de Álvaro Uribe. Es un conjunto de anécdotas y metodología sobre lo que hizo posible un proceso que finalmente llegó a un puerto específico.

A Santos le tocó ser ministro en tiempos de guerra y presidente en búsqueda de la paz, ahora se ha retirado de la política, un arte que pocos ex mandatarios latinoamericanos han logrado dominar, hacerlo con dignidad, sensatez y sentido común, requiere maestría.

Juan Manuel Santos está honrando su palabra de no ser el aguijón en la nuca de su sucesor, consciente de que la parte más complicada del proceso de paz que construyó ya no están en sus manos: la reconciliación.

De las víctimas Santos aprendió la generosidad, de los guerrilleros la valentía de confiar y de la paz, que es la motivación más noble de cualquier sociedad y así sea una paz imperfecta siempre es mejor que el sufrimiento que traen las guerras.

¿Qué puede aprender México de Colombia?

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