Las lecciones del populismo polaco

#Columnista

Twitter: @FernandoNGE

Plaza Cívica 

Mucho indica que el populismo mexicano está para quedarse. La justificada indignación que lo originó, el intenso discurso que lo alimenta y las políticas sociales que impulsa representan una poderosa mezcla. El fenómeno populista ha aterrizado en otros países desde tiempo atrás, y estas experiencias nos podrían ofrecer una ventana hacia el futuro de nuestro país. Y en este sentido, Polonia es un caso ejemplar.

Los parecidos históricos entre Polonia y México son significativos.

Los polacos son un pueblo altamente católico, herederos de una cultura milenaria, continuamente invadidos por vecinos más poderosos, con una región occidental históricamente más desarrollada que sus territorios orientales, y un papel central entre las naciones eslavas de Europa del este. Sin embargo, las semejanzas entre Polonia y México no terminan aquí, ya que los recientes contextos políticos de ambas naciones resultan más reveladores aún.

Polonia vivió durante muchos años bajo un régimen autoritario. Con la caída del muro de Berlín ingresó en la gran zona de libre comercio de la Unión Europea y experimentó básicamente por primera vez la democracia liberal. Sin embargo, durante esos años hubo asimismo un importante retraimiento del Estado, un considerable crecimiento en la desigualdad entre su más próspero oeste y su más retraído este, y una desilusión con la democracia y el liberalismo. Entonces, en 2015 llegó al poder con toda su fuerza el fenómeno populista, encarnado en el partido “Ley y Justicia”.

Y el perfil del nuevo jefe de Estado polaco, su discurso político y sus políticas sociales tienen parecidos con lo que actualmente sucede en México que resultan francamente asombrosos.

El presidente polaco, Jaroslaw Kaczynski, es descrito así: “nunca ha vivido en el extranjero y raramente viaja… Hasta recientemente no tenía, famosamente, ni una cuenta bancaria ni una licencia de conducir. Su ascetismo funciona como una especie de carisma” (James Traub, “The Party That Wants to Make Poland Great Again”, New York Times, 02/11/16).

El nuevo gobierno polaco tienen un discurso con fuertes dosis de nacionalismo y mucho simbolismo religioso; su política social es altamente redistributiva, acompañada además de prudencia fiscal.

Esta última consiste mayormente en transferencias en efectivo: otorgan dinero en función del número de hijos, aumentaron los pagos en pensiones, eliminaron impuestos para jóvenes, duplicaron el salario mínimo, y existe un énfasis en desarrollar las regiones más atrasadas del país. Aún así, esta política económica tiene una gran crítica: las transferencias monetarias se están haciendo a costa de inversión en servicios básicos, como salud y educación (Marc Santora, “In Poland, Nationalism With a Progressive Touch Wins Voters”, New York Times, 10/10/19). Sin embargo, los mayores cuestionamientos que ha recibido el nuevo gobierno se encuentran en el área meramente política.

En Polonia se está llevando a cabo una embestida contra la democracia liberal.

Han habido una serie de medidas para controlar el Poder Judicial, se han politizado las agencias oficiales de noticias, existe una andanada de propaganda gubernamental sin rendición de cuentas, se utiliza un discurso altamente polarizado, se han empleado auditorías fiscales contra rivales políticos, y se ha golpeado a la sociedad civil. En resumen: se sacuden los contrapesos formales e informales, se concentra el poder en el presidente, se debilita la democracia liberal. Y, ¿cómo ha reaccionado la población? Polonia ya puso a prueba su populismo en términos electorales: en recientes elecciones para el Congreso ganó apoyo en la cámara baja, pero perdió el Senado. Se mantiene como la primera fuerza política, pero le será más difícil gobernar ya que ha perdido sus mayorías absolutas.

Los parecidos históricos, las similitudes contextuales y las semejanzas actuales entre México y Polonia son sumamente ilustrativos.

Las lecciones para la oposición política y las élites mexicanas son claras: se necesita urgentemente combatir la desigualdad, se requiere un discurso comunitario y de solidaridad nacional.

Los números importan, las emociones también. Porque solo de democracia y liberalismo no se puede vivir.

Las opiniones vertidas en la sección de Opinión son responsabilidad de quien las emite y no necesariamente reflejan el punto de vista de Gluc.

Más artículos de este Autor