¿Cómo llegamos aquí?

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Twitter: @abi_mt

Durante muchos años tratamos tan arduamente de llevar la realidad a la ficción (desde las narraciones basadas en hechos reales, el hiperrealismo de las animaciones y el extremo de la telerrealidad) que ahora, cuando la ficción ha permeado la realidad, nos cuesta trabajo distinguir entre ambas o hacernos a la idea de la nueva normalidad.

Hace unos meses asistí a Ficción y Tiempo, una interesantísima exposición del Programa de Estudios Curatoriales de la UNAM en la que abordaban el tema de la construcción de la memoria y el futuro, cómo la condición de vida impacta en la forma en que recordamos lo que hemos vivido y cómo visualizamos el porvenir. Imagino cómo para un niño que creció en los cincuentas y sesentas, testigo del alunizaje y titánicos avances tecnológicos, el presente es una gran decepción.

Un niño que ve a un ser humano pisar la luna, seguramente esperaría tener autos voladores, teletransportación y eficiencia en todos los procesos que enmarcarán su adultez. Qué desolación llegar a los 50 años para toparse con los mismos motores de Diesel y congestionamientos masivos en casi todas las ciudades, terrorismo aéreo, calentamiento global, desconfianza en las vacunas que le salvaron de la poliomielitis y presidentes inmiscuidos en escándalos con actrices de la industria porno. Y luego nos sorprendemos de que la gente esté harta, enojada y con un profundo sentimiento de haber sido traicionado o robado del mundo que “le prometieron”.

Estamos en el umbral de un cambio de época, y todo parece indicar que no será una de las mejores.

En esta época cada persona tiene derecho a su propia opinión, y aparentemente, a sus propios datos.

La “verdad” es dictada las notas falsas que leemos sin cuestionar su validez, o los encabezados de las notas que no leemos porque preferimos imaginar un contenido que se alinea a nuestra forma de ver el mundo. Las sillas que ocuparon Lincoln, Roosevelt, Churchill y Thatcher hoy son ocupadas por personas que bien podrían ser botargas de “Daniel el travieso” con crisis de la mediana edad. Y me refiero a ellos así porque no creo que sea casualidad esta fachada caricaturesca, ahora que la historia que ya conocíamos como drama, efectivamente, se repite como farsa. Enfocarme en ese atributo superficial puede parecer frívolo, pero es un escape para no seguir enlistando los numerosos escándalos de acoso y absoluto desprecio por la ética y la decencia que han protagonizado ambos individuos. Hacerlo, siempre es un doloroso recordatorio de su ofensiva impunidad.

¿Cómo llegamos aquí?

El fenómeno es tan complejo que difícilmente se podrá explicar con una respuesta. Me vienen a la mente muchas posibles causas que valdrá la pena explorar en futuras intervenciones: el desencanto democrático interpretado como xenofobia, el oportunismo político frente a ciudadanos que no fueron educadas para poder procesar la información que reciben a través de un aparato crítico, la precarización de las condiciones de vida, el abandono de las responsabilidades del Estado, la supeditación de los intereses sociales a intereses electorales, el abuso rampante de los guardianes de las instituciones, o una cultura que valora la novedad y la inmediatez sobre la profundidad y la calidad.

Sin embargo, recordando la exposición, pienso que quizás nuestro peor enemigo es nuestra propia construcción de la memoria y del futuro. La construcción de una memoria que idealiza gobiernos y prácticas del pasado, donde se recuerda que las decisiones se podían tomar “sin herir tantas susceptibilidades” porque se pierde de vista que eso es sinónimo de “violentando derechos”; donde “los gobernantes no robaban tanto”, atribuyéndolo a su honestidad y no a la falta de transparencia de su época. O la construcción de un futuro donde “no podemos estar peor”, dando por sentados derechos y garantías que nos tomó décadas arrebatar y que hoy se pueden ir perdiendo a voluntad de unos pocos con el objetivo de regresar a ese “pasado glorioso”. 

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