Ahora Chile

Columnista

Twitter: @ana__islas

El pueblo unido, jamás será vencido la misma consigna con distintos acentos se ha replicado como un gran eco de hartazgo en América Latina en las últimas semanas: Ecuador, Perú, Argentina… Ahora le tocó a la República de Chile, la punta del iceberg: el alza en la tarifa del metro.

Se trata de un aumento de 30 pesos chilenos en el precio del boleto en horas pico -alrededor de 1.17 dólares- y aunque en poco más de una década los incrementos en el precio del boleto del metro en Chile han sido implementados de forma sostenida, este fin de semana la ciudadanía dijo basta.

Ya no aguantan más carestía, desigualdad y falta de sensibilidad por parte de la clase gobernante: El Ministro de Transporte sugirió que, para evitar el aumento, salieran de su casa más temprano cuando el costo del pasaje es mejor.

Sí, la red de transporte subterráneo de Santiago de Chile es una de las más modernas de América Latina con 140 kilómetros de extensión y 136 estaciones que conectan a toda la ciudad, pero las tarifas son bastante altas.

Comparado con otras naciones latinoamericanas, los chilenos pagan el mayor porcentaje en transporte con respecto al sueldo mínimo de alrededor de 420 dólares, por lo que con el aumento el gasto de tan solo ir y volver del trabajo usando el metro les implicaría casi 48 dólares al mes.

En medio de las imágenes de violencia y caos en las calles del país, el presidente Sebastián Piñera frenó el alza del incremento al precio del boleto, pero los ánimos enardecidos de la población no se apaciguaron y Santiago, la capital, sufrió su primer toque de queda en más de 30 años desde el retorno de la democracia en Chile en 1990, regresando a la memoria el recuerdo de la restricción de libertades de movimiento y reunión que se vivió en la capital desde que el país aún estaba bajo la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990).

Más de 9.000 militares patrullan las calles del país para resguardar infraestructura, así como garantizar la seguridad y el orden público.

En una nota, Amnistía Internacional dijo que el presidente Piñera debe garantizar el respeto a los derechos humanos de estudiantes, manifestantes y todas las personas en Chile. Y advirtió que la decisión de convocar a los militares para ejercer la seguridad solo incrementa el riesgo de que se cometan violaciones a los derechos humanos.

Pero Sebastián Piñera está nervioso: en solo tres semanas, su gobierno recibirá al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, al ruso Vladimir Putin y al mandatario chino Xi Jinping, entre otros, durante una cumbre del Foro de Cooperación Económica de Asia Pacífico, APEC. Y poco después, Chile será anfitrión de otra cita de líderes mundiales: la Cumbre sobre Cambio Climático de Naciones Unidas, COP25.

Desigualdad, carestía, descontento, desconfianza e incertidumbre por el futuro reinan en el ánimo de los chilenos que la semana pasada recibieron la noticia del Ministro de Hacienda que la economía no crecerá el 3.2 por ciento proyectado por el Ejecutivo, sino que estará en un rango de 2.4 y 2.9 por ciento.

El añejo descontento que hoy tiene acento chileno por el alto costo de los bienes básicos y servicios fue destapado y capitalizado por la protesta contra el alza al transporte y no ve para cuándo parece apaciguarse, al contrario, se ha radicalizado y extendido por otras ciudades.

¿Qué es lo que no están escuchando los gobernantes latinoamericanos?

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