Opinión

En defensa de las agendas comunes

En México, la autonomía siempre se ha entendido como la capacidad para antagonizar a otros, cuando podría ser la oportunidad para cubrir más campo en menos tiempo.
martes, 17 de agosto de 2021 · 17:19

En México, la autonomía siempre se ha entendido como la capacidad para antagonizar a otros, cuando podría ser la oportunidad para cubrir más campo en menos tiempo, en aras de tener mayores alcances, o lograr objetivos más ambiciosos. La autonomía permite, teóricamente, conocer mejor las fortalezas y debilidades de un ente cualquiera, de modo que quienes lo gobiernan pueden tomar mejores decisiones (sobre todo más rápidas), evitar cuellos de botella y defender de mejor manera la supervivencia y atribuciones del propio ente autónomo. Desafortunadamente, solo el último aspecto suele prevalecer en la dinámica de las organizaciones, que internamente crean intereses de grupo, y hacia el exterior se vuelven contestatarios y paranoicos como la única forma que conocen de mantenerse relevantes.

Todo lo anterior no tiene mayor consecuencia, y hasta es legítimo, en el ámbito privado, pero adquiere un cariz más difícil de justificar en el ámbito público, especialmente cuando dos o más entidades existen, supuestamente, para defender el interés público, que debería ser, por regla general, uno y el mismo.

Soy consciente de la complejidad de la actividad estatal, y sería ingenuo pensar que, en un mundo donde los problemas estructurales trascienden individuos y administraciones, sólo hubiese armonía entre todas las instituciones públicas. No va por ahí, y la propia división de poderes y de competencias tiene como razón de ser el reconocimiento de la dificultad para que una sola voluntad resuelva (y entienda inclusive) todas las aristas de un problema público de altos vuelos. Pero tampoco debería de ser tan difícil encontrar coincidencias en todos los temas, y la historia política cotidiana (la de hace cien años y la de hace una semana) está repleta de vetos inexplicables, proyectos bien intencionados pudriéndose en archiveros y dependencias que creen que su función social es obstruir el trabajo de cualquier otra. Reitero que a veces las circunstancias ponen en situaciones contrarias a dos actores o partes interesadas, pero no siempre, y cuando hay coincidencias, la actitud más madura sería ir juntos en los puntos de agenda comunes aunque siga yéndose por separado en los puntos discordantes. Creer que cualquier coincidencia es traición o servilismo, y que cualquier obstrucción es integridad, le ha hecho mucho daño al país, durante demasiado tiempo.

Tengo la convicción de que la colaboración que importa, la que genera resultados y no sólo fotografías, puede ocurrir en distintos niveles, y que no todo asunto importante es partisano; esto es, hay cosas en las que distintas fuerzas políticas pueden colaborar para bien de todos sin traicionar sus respectivas ideologías y lealtades.

Como ejemplo basta ver los resultados que se han logrado, a través del tiempo, en algunas de las asociaciones o conferencias nacionales de secretarios de un ramo. Tanto en la procuración de justicia como en el desarrollo económico, pasando por la seguridad pública y los temas hacendarios, la reunión de los responsables de las entidades federativas ha permitido compartir experiencias, imaginar proyectos y generar valor, que se ha convertido en políticas públicas exitosas o iniciativas de ley relevantes. Habría que explorar la manera de visibilizar ese trabajo y alentarlo. La sociedad agradece que sus autoridades cooperen para lograr cosas que benefician a todos; y por si fuera poco, esa actitud también acaba beneficiándolas a ellas.

Puedes conocer más del autor en su cuenta de Twitter: @AnaCecilia_Rdz
 

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