Opinión

Latinoamérica en llamas

Ojalá que las ruinas que hoy atestiguamos den pie a nuevas reglas y sistemas, más justos y más humanos. Los pueblos están llegando a su límite.
martes, 13 de julio de 2021 · 17:00

El homicidio de quien hasta la semana pasada era presidente de Haití, Jovenel Moise, se agrega a la lista de alarmas de violencia, inestabilidad y precariedad de América Latina. La región nunca ha sido particularmente reconocida por su estabilidad política, pero durante algunas décadas parecía que la brutalidad y el caciquismo darían paso a la construcción de instituciones (sobre todo a partir de la tercera ola de democratización de la que habló Huntington, que vio muchas de las dictaduras militares transitar hacia una frágil pero esperanzadora democracia).

Los últimos años, empero, se han desplegado numerosas crisis que, lejos de desaparecer, se han acentuado. Para comenzar, Venezuela es la peor economía del mundo, y eso es mucho decir, porque supera inclusive a las economías africanas más devastadas, y a aquellas que se encuentran en estado de guerra. En Bolivia, desde el fallido referendo de Evo Morales y su exilio, pasando por el turbulento interinato y las complicadas elecciones de 2021, los ciudadanos del Estado Plurinacional no han tenido tregua. Los estallidos sociales de Chile, Colombia y Ecuador, derivados de medidas fiscales hostiles a la población, para el uso y pago de empréstitos internacionales, obligaron a los tres gobiernos a dar marcha atrás en su política restrictiva, pero eso no ha impedido que el descontento y las protestas continúen en lo que ya es una trágica normalidad. En el caso de Colombia, los atropellos que los defensores de derechos humanos han denunciado en contra de la policía militar no han hecho más que escalar el conflicto. Por su parte, en Ecuador se han añadido la desoladora crisis forense desde que empezó la pandemia, con cadáveres que tardaban días en ser recogidos de sus casas, y la crisis de deuda que toca a la puerta por los fondos extraordinarios a los que accedió durante el gran confinamiento. A esta crisis de deuda, por cierto, se agregan casi todos los países de la región, con los casos particularmente preocupantes de El Salvador y Argentina. En este último país, de hecho, todos los problemas políticos y económicos de la agenda pública empiezan y terminan en un vórtice: la renegociación de la deuda externa, como presupuesto para estar en posibilidad de hacer cualquier otra cosa. El día de ayer, numerosos contingentes salieron a las calles de La Habana con una serie de protestas económicas pero también políticas, como la falta de libertades.

Para cerrar el círculo, con el evento que mencionamos primero, Haití está considerado el país más pobre del continente, y está sumido en una crisis que ya ha sido calificada como general y humanitaria; se calcula que el 60% de su población vive por debajo de la línea de pobreza. Ante este triste panorama, no puedo evitar recordar la óptica inhumana, disfrazada de ciencia económica, de quienes hace 4 décadas se pusieron a experimentar en nuestras sociedades con sus dogmas de escritorio: la contención de los salarios como candado a la inflación; la privatización indiscriminada y desregulada de las industrias estratégicas de los países pobres; la libre explotación de recursos por parte de las empresas extractivas; la falsa promesa neoliberal de la terapia de choque como condición para el desarrollo sostenible, pues. Ojalá que las ruinas que hoy atestiguamos den pie a nuevas reglas y sistemas, más justos y más humanos. Los pueblos están llegando a su límite.

Puedes conocer más del autor en su cuenta de Twitter: @AnaCecilia_Rdz
 

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