Opinión

El voto útil es, a la larga, inútil y peor

Resulta que los partidos políticos no son organizaciones colectivas que defienden la visión de país de un grupo de personas suficientemente numeroso.
lunes, 31 de mayo de 2021 · 16:14

El llamado al voto útil es una propuesta sumamente racional. También es producto de una visión elitista y condescendiente, que trivializa la única democracia compatible con el respeto al estado de derecho; a saber, la democracia constitucional representativa. El tema tiene su origen en la teoría de la elección racional, una visión que pretende reducir el comportamiento humano (incluido el político) a variables económicas, de utilidad; y dentro de esta escuela de pensamiento, además, una de las posiciones más simplistas. En este contexto, resulta que los partidos políticos no son organizaciones colectivas que defienden la visión de país de un grupo de personas suficientemente numeroso y permanente como para ser representados, sino un “mercado electoral” donde el elector, que es un consumidor que “compra” con su voto, debe elegir entre alternativas que tengan “viabilidad”, es decir, que efectivamente puedan ganar la contienda. Bajo esta visión, tampoco la composición política a los distintos niveles de gobierno debe reflejar la pluralidad real de valores, ideologías y preferencias. Ve la política como un tablero de ajedrez donde sólo pueden mover las piezas quienes tienen el poder suficiente para imponer o negociar la toma de decisiones colectivas, y las otras fuerzas políticas ni siquiera se consideran tales, porque no tienen relevancia en el juego. No es raro, entonces, que los defensores de esta visión sean afectos al bipartidismo norteamericano, y al modelo de democracia de mayoría, también llamado Westmister, en alusión a Gran Bretaña, porque en ese país sólo hay representantes de mayoría relativa, y no de representación proporcional, así que el que gana la elección, gana todo, y el que pierde, aunque haya perdido por un solo voto, no tiene voz.

Esta manera de simplificar la democracia tiene, además, un gran atractivo en la coyuntura actual; una parte importante del electorado piensa que “todos los partidos son iguales”, que “no tienen propuestas”, y el discurso público polarizado ha convertido cualquier asunto público en “con AMLO o contra AMLO”. Visto así, la alianza de 3 partidos ha logrado posicionar la idea de que lo importante es quitarle al presidente la mayoría en la Cámara de Diputados, y que la única manera de hacerlo es votar por alguno de ellos 3, porque la otra oposición, o es simulada o no tiene posiblidades. Los responsables de la creación de este clima reduccionista somos todos. Lo malo es que estamos equivocados.

En primer lugar, si algo nos ha demostrado la escalada de violencia durante estas campañas, a nivel municipal, es que el control político de las unidades políticas básicas, a nivel regional, tiene una importancia estratégica para todos los actores, incluido (desgraciadamente) el crimen. Para la gobernabilidad democrática importa, aún más en mi opinión, que la Cámara de Diputados, y es un error minimizar este hecho en aras de la propaganda política. En segundo lugar, México es una sociedad compleja, donde muchísimas personas no se sienten identificadas con las ideas que defienden lo partidos grandes. La democracia pluralista permite la diversidad de partidos para que la mayor cantidad de cosmovisiones tengan voz y, así sea minoritario, también voto. Y es así como muchas minorías se vuelven mayorías a través del tiempo. No es trivial que las personas voten por los partidos y candidatos que mejor representan su manera de pensar. Finalmente, y a pesar de lo que muchos quisieran creer, en ambos bandos, México nunca ha sido, ni puede ser, un país de un solo hombre. El poder presidencial está limitado por la falta de capacidades reales de un aparato estatal precario, liderazgos locales que existen al margen de las administraciones y las trascienden, y un territorio de 2 millones de kilómetros cuadrados sobre el que nadie tiene siquiera visibilidad absoluta, ya no digamos el control. Y podríamos seguir, pero lo importante es que el ejercicio del poder, el gobierno y la participación de las cosas que importan, comienzan y se construyen a nivel local. La fantasía absolutista y centralista mexicana, es solo eso: fantasía.

Puedes conocer más del autor en su cuenta de Twitter: @IsraelGnDelgado

 

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