Con el boom de las redes sociales, diferentes plataformas comenzaron a utilizar los filtros para tomarse fotos. Empezaron con cosas básicas y divertidas como el tan famoso filtro de perro que te ponía orejas y sacaba la lengua, hasta los que te cambian el color de piel, te rellenan los labios, te ponen maquillaje, te adelgazan la cara, etc. Estas herramientas se han convertido en otra forma de manipular y alterar nuestras fotografías y muchas veces lo hacemos sin darnos cuenta.
Un día estaba probando un filtro que ya había visto que estaba siendo bastante utilizado, pero me di cuenta que me cambiaba absolutamente toda la cara. Me la alargaba y adelgazaba, se me marcaban los pómulos y mis labios se veían más grandes. El tono de mi piel era un poco más bronceado y ¡hasta tenía pecas! Me sentí incómoda porque no logré reconocerme en esa foto, sin embargo, sentía que me veía, o esa persona en la foto, se veía bastante bien, pero no era yo. Los filtros muchas veces nos provocan un sabor semiamargo, porque cuando los quitamos nos damos cuenta que en realidad no nos vemos así, provocando con ello que donde no había inseguridades ahora las haya.
El uso ilimitado de estos filtros y de las aplicaciones de belleza ha logrado que seamos incapaces de distinguir cuando algo es verdadero o falso, creando cánones irreales de belleza e incluso desatando un problema de salud mental llamado ‘trastorno dismórfico corporal’.







