Opinión

Me da coraje ver tanta pobreza de actuación

Cuando Anaya se pone a hablar de caguamas y a comer tacos de muerte lenta, se ve y siempre se verá impostado, incómodo.
lunes, 22 de marzo de 2021 · 16:12

Queda claro que México está superando poco a poco la pandemia, no por los números del semáforo, sino por el destacadísimo lugar que ya ocupan otros temas en los titulares de la prensa escrita y la letrina gratuita de las redes sociales: las falsas alarmas sísmicas y el pobre diablo al que despidieron por eso, Ricardo Anaya y sus baños de pueblo, cuya actuación no será merecedora de ningún Óscar. No lo digo con aires de superioridad, porque como a todos los mexicanos, me gusta bastante el chisme de celebridades, el escándalo y los problemas que, aunque están encuadrados como de vida o muerte pero realmente no hacen ninguna diferencia. Eso es vivir el presente, porque vivimos en la sociedad del entretenimiento, antes que del cansancio, y aquella requiere de múltiples y diversos estímulos permanentes.

Además, en eso también hay que normalizar la vida, en el espacio de discusión pública y la vertiginosa entrada y salida de tópicos morbosos y desechables. Los medios de comunicación no son enteramente responsables de que la política contemporánea haya adoptado la forma de una narrativa de lucha libre, donde los buenos y malos están definidos como caricatura, y donde además todos cambian de bando conforme lo exija el rating; es lo que “la gente” quiere ver, y una más de las actividades humanas que ahora juega con las reglas de la farándula, del espectáculo, de los “reality shows” que son solamente series tradicionales con un muy mal guionista.

De por sí la política es el reino de la paradoja, porque de un lado las acciones de los políticos son siempre modestas, provisionales y, si quiere sobrevivir el actuante, prudentes; de otro lado, y mientras menos posible sea cambiar la enquistada realidad, el discurso debe ser más incendiario, épico, como si todos los días estuviéramos viviendo una fecha de enorme trascendencia histórica. Si un gobernante o candidato a lo que sea diera un discurso realista y objetivo, tendría que decir que los problemas estructurales son más bien insolubles (la pobreza, la marginación, la escasez de agua, la violencia en ciertas zonas del país, la vialidad en la Ciudad de México, la complejidad de la vacunación en la mitad de los municipios del país), o al menos imposibles de resolver en un horizonte político sexenal, y que utilizará su tiempo en el poder para intentar hacer los pocos cambios que le permita la pantanosa inercia histórica e institucional, y los intereses creados, que son omnipresentes. Y dicho lo anterior, no votaría por él ni su familia. Esto así es en todos lados y no hay porqué escandalizarse. En todo caso podemos ser más exigentes con el producto de entretenimiento que nos dan las mujeres y los hombres públicos. Un buen director de escena, por ejemplo, le diría al licenciado Anaya que López Obrador puede bosquejarnos poderosas estampas de cercanía popular con las acciones más cotidianas (cambiar un foco en palacio, comer una garnacha en la carretera), porque así es él, y así ha sido durante los últimos 40 años por lo menos. Está respetando su esencia. Cuando él se pone a hablar de caguamas y a comer tacos de muerte lenta, se ve y siempre se verá impostado, incómodo. Eso no quiere decir que no pueda iniciar desde ya su campaña por la presidencia en 2024, pero necesita un rol consecuente con su imagen y su forma de ser (la real, no la ideal). Si no, sólo habrá memes. 

 

Puedes conocer más del autor en su cuenta de Twitter: @IsraelGnDelgado

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