Opinión

Elecciones 2021, democracia y cultura política

La falta de una cultura política entorpece la vida democrática y permite a alternativas autoritarias ir construyendo su propia cultura política. 
domingo, 31 de enero de 2021 · 18:54

Será entre marzo y abril próximos cuando las distintas fuerzas políticas que representan la pluralidad del país inicien las campañas para renovar los 20,868 cargos de elección popular que se disputan este año en los tres niveles de gobierno.

Y es en estas semanas, de mediados de enero y hasta principios de marzo, que asistimos ya a la disputa interna que se sucede en los partidos para hacerse con las diversas candidaturas: negociaciones, acuerdos, campañas y elecciones internas, instalación de comités y consejos especializados, encuestas, sondeos, decisiones arbitrarias y hasta tómbola…

El sistema de partidos mexicano contiene, entre las formas de decisión interna que se han dado los institutos políticos, una variedad de alternativas para ejercer la democracia que en no pocas ocasiones tiene nada que ver con la propia democracia, sus valores y sus prácticas.

Asistimos a una mezcla en la que puede hallarse desde la capacidad de autogestionar la democracia en apego a normas, formación política, padrones, participación y tradición, pasando por las votaciones corporativas de sectores que conforman al propio partido, y hasta la decisión unilateral e incuestionable del Presidente y otros liderazgos de Morena.

Es decir: una variedad de culturas políticas conviven entre sí, y más temprano que tarde se reunirán en el espacio común de la representación, el Congreso; y ahí, bajo las reglas de la democracia –estas sí, las mismas para todos–, intentarán llevar a cabo una convivencia que pretende, precisamente, concretar esos valores democráticos previamente asumidos de manera colectiva.

¿Qué pasa cuando se disiente de aquellos valores y prácticas que deben distinguir a una democracia?, ¿cuando una forma de hacer política institucionaliza internamente, por ejemplo, el autoritarismo como forma de conducir a un partido?  En México, la mayoría de los partidos se han dado a sí mismos reglas o realizan prácticas políticas que contravienen y tergiversan el sentido de la democracia republicana, del propio sistema que conforman.

Se trata, sí, de una cuestión de cultura política: de la forma en que la sociedad vive y ejerce, defiende y reconoce aquellos valores, prácticas políticas y formas del sistema del que participa, el que la define y la decide como comunidad.

Una cultura política sin praxis que la respalde termina por vaciarse de significado, de utilidad y de contenido; para el caso de la cultura política democrática, pasa por reducir la complejidad de un sistema a uno de sus momentos: las elecciones, determinantes sin duda para la democracia pero que son solo uno de sus elementos fundacionales.

Pasa también por ignorar o por omitir que hay una serie de condiciones –padrones de militantes, formación política democrática, práctica interna de una democracia plena, reglamentos, cuerpos colegiados para la toma de decisiones, entre otras– que determinan el que una institución tenga una democracia de calidad.

Construir la cultura democrática nacional fue un proceso largo, de por lo menos cinco décadas y que a mediados de los años ochenta del siglo XX cobró una fuerza social y cívica que empujó la alternancia política y la transición.

Hicieron falta –como queda claro que a muchos de los partidos políticos mexicanos les hace falta– instituciones autónomas y ciudadanas, construir una agenda política de mediano plazo que diera forma a los marcos legales, asignar presupuestos, generar acuerdos, ir transformando acuerdos en política pública…

La práctica democrática como cultura: como forma de transformar un sistema

De “votar no sirve para nada porque siempre ganan los mismos” a “votando puedo transformar mi realidad”.

Y de ese voto fue necesario dar un salto a la participación activa, a los valores democráticos, a la formación en aspectos de cultura política; y de la mano, la apertura de las instituciones públicas a esa nueva ciudadanía que, reunida en organizaciones de la sociedad civil, sumara su voz, su experiencia y sus ideas a la labor pública del gobierno.

Fueron pasos lentos pero que reflejaron, a partir de 1986, un vigor democrático y transformador, que tiene uno de sus logros institucionales más importantes en la aprobación de la llamada “Ley 3 de 3”, esfuerzo conjunto y coordinado de la sociedad civil.

Vigor que, no obstante, fue ignorado por muchos de los partidos políticos.

Vigor que no alcanzó para diseñar una estrategia nacional que se propusiera también la plena democratización de las instituciones que compiten en el sistema político.

Y es la falta de ese sustento de prácticas, valores, símbolos y normas; la falta de un diseño que obligue a los propios competidores a un ejercicio democrático que cumpla con características democráticas máximas; la falta de una cultura política, en suma, lo que hoy entorpece la propia vida democrática y permite a alternativas autoritarias ir construyendo su propia cultura política: sus normas, formas y modos de ejercer el poder.    

Puedes conocer más del autor en su cuenta de Twitter: @altanerias

 

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