Opinión

El peso de la palabra

El ejemplo más claro es Donald Trump, sus palabras echaron gasolina al fuego del fanatismo de los grupos más radicales.
domingo, 10 de enero de 2021 · 19:06

Twitter: @UZETASUM

A lo largo del tiempo, la humanidad ha comprobado que las palabras pesan y tienen consecuencias.

El buen uso de la palabra ha generado momentos sublimes entre los seres humanos, pero también, su mala utilización ha provocado guerras. La palabra une o divide, sirve para inspirar, pero también para destruir.

El ejemplo más claro del peso que tienen las palabras lo acabamos de ver en Estados Unidos, donde el presidente saliente, Donald Trump, encendió los ánimos de sus seguidores más radicales con el cuento del fraude electoral, mentira que ha repetido una y otra vez sin argumentos.

Sus palabras echaron gasolina al fuego del fanatismo de los grupos más radicales que, sin pensarlo, ingresaron violentamente al emblemático Capitolio de Washington, donde vandalizaron todo y provocaron hechos de violencia nunca vistos en tiempos recientes, en la democracia más admirada del mundo.

Un Trump asustado por el peso de sus palabras, se replegó horas después asegurando que condenaba la violencia y que estaba listo para dejar el poder prometiendo una transición tranquila el próximo 20 de enero.

Fue tal el impacto de las palabras de Donald Trump entre sus simpatizantes, que algunas de las principales redes sociales que el magnate usa cotidianamente, le cerraron sus espacios por algunas horas, incluso días.

En México sabemos muy bien cuáles son las consecuencias de un uso irresponsable de las palabras. Lo vemos todos los días en las conferencias matutinas del presidente Andrés Manuel López Obrador, quien acusa, descalifica y enciende los ánimos de sus fieles contra todo aquel que osa cuestionarlo.

Sus palabras han sido el motor que divide y no une; que provoca en lugar de tranquilizar, y que destruye en lugar de construir. El peso de sus palabras le ha resultado muy costoso al país porque para sostener sus dichos, el presidente ha tenido en ocasiones que mentir.

Lo hace recurrentemente para descalificar, pero también para tratar de justificar muchas de las falsas afirmaciones que día con día salen de su boca. El enredo de palabras en el que ha caído el presidente ha demeritado su propia palabra y la credibilidad en la misma.

Dicen que el pez, en este caso “el peje”, por su boca muere, y nada más cierto en este nuevo tiempo político mexicano. López Obrador y varios de sus funcionarios faltan a la verdad y comprometen al país con sus dichos. Esto ha ocurrido en el terreno del fallido combate a la pandemia de Covid-19, con los pronósticos errados del doctor Hugo López-Gatell, pero también en otros terrenos. Qué tal las mentiras de un inefable personaje como Manuel Bartlett al hablar de las causas del reciente apagón que dejó a más de 10 millones de mexicanos sin energía eléctrica.

La palabra de los políticos es un valor que sube y baja cotidianamente en el mercado de la opinión pública. Si esto se tradujera en valor monetario, muchos de los personajes públicos del momento estarían en graves problemas.

La terca realidad se contrapone a sus palabras y ello da al traste con la credibilidad, valor fundamental de cualquier gobierno.

Las palabras tienen peso y los políticos las usan sin pensar en las consecuencias de las mismas. Se les olvida que, al igual de sus dichos, ellos, como gobernantes, tienen también fecha de caducidad.

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