Opinión

Antes que golpear, agrupar

martes, 9 de junio de 2020 · 15:12

Twitter: @altanerias

La estrategia de polarización que ha seguido Andrés Manuel López Obrador transita por varias etapas que, a lo largo de su participación en la vida pública, ha empleado diversos motes para agrupar a quienes considera sus rivales políticos.

Desde los “neoliberlaes” de la época de los noventa, tan caro a la izquierda y hoy retomado por su simplismo de análisis, hasta la mafia en el poder de la campaña de 2006 que prevalece intacto en el discurso del hoy presidente –o los “fifís” del inicio de su sexenio–, la pluralidad de voces que no coinciden con el proyecto “transformador” son siempre una masa homogénea, despersonalizada y asumida como un todo.

Nada, cabe señalar, más ajeno al humanismo que esta anulación de lo particular en nombre de la etiqueta que niega la complejidad de lo diverso. Nada tampoco más distante a un pensamiento que reconoce la dignidad de cada ser humano y el insustituible aporte a la comunidad de cada persona por el hecho de serlo.

Sin embargo, esta agrupación de lo diverso ha probado con creces su efectividad porque reduce el mosaico de pensamiento, intereses y causas que se reúnen en una sociedad.

No hay casualidad ni coincidencia que haya sido precisamente en las dos últimas semanas cuando López Obrador sentenció que era “la hora de definirse” a favor o en contra de su proyecto de gobierno: la frase es un golpe en la mesa del autoritario al que le urge saber quién esta del lado de quién.

Y es que a raíz de la mala gestión de la pandemia de Covid-19, del aumento brutal de la inseguridad, de la cada vez más sonora denuncia de la violencia de género, del colapso del sistema de salud, de la corrupción flagrante y cínica en los contratos del gobierno federal, por mencionar algunos, poco a poco se terminan las ilusiones de que ese cambio instantáneo en la vida pública que prometió el candidato pueda concretarse por el titular del Ejecutivo y sus cómplices.

Tampoco es pues casualidad el que haya sido este martes cuando la vocería de la Presidencia denunció una supuesta alianza de diversos partidos, intelectuales, liderazgos sociales, económicos, entre otros, llamada Bloque Opositor Amplio, y del que la mayor parte de los “implicados” se ha deslindado ya.

López Obrador tiene urgencia de volver a agrupar a los suyos y, quizá más apremiante aún, de tener claridad quiénes serán sus rivales, para así darle un nuevo aliento a su estrategia de polarización.

Es decir, requiere con suma prisa que sus antagonistas asuman su papel, se “suban al ring”, entren de nueva cuenta a “su cancha” para poder dejar en claro quién está con él y quién en contra.

Hacerlo en el contexto de crisis de salud pública y económica en que está inserto el país es también obvio y esperable: cada nuevo pico de contagios y muertes, así como cada empleo perdido, demuestran la incapacidad del gobierno y es ante esa ineptitud que debe reafirmarse, o negarse de lleno, la fe incondicional en el líder que algún día solucionará todo.

Es momento de definiciones, anuncia López Obrador, porque ahora rivaliza consigo mismo: con su indolencia, con la corrupción de su grupo cercano, con los índices históricos de violencias, con el fracaso de la salud pública, con la mala gestión económica… Con todo, en suma, lo que es su responsabilidad.

La polarización ha tenido ya manifestaciones violentas y criminales en las calles de Guadalajara, en las de la Ciudad de México, y ese clima le sienta bien al Presidente: radicaliza, hace imposible la política, el diálogo, el acuerdo, los argumentos.

Desde el lenguaje que descalifica al rival por quien es y no por lo que piensa, o desde el reclamo que usa la fuerza porque ya no alcanza a tener ninguna razón, la marca autoritaria se asoma cada vez con mayor nitidez.

Caer en su juego, en ese jugo perverso de espirales infinitas, es perder.