Opinión

Sin miedo, vayamos por trabajos decentes

martes, 1 de diciembre de 2020 · 16:55

Twitter: @P_Mancebo

Las recientes discusiones sobre el outsourcing nos ponen a pensar en un largo camino que tenemos que emprender para mejorar las condiciones laborales de un país precarizado. Enfrentémoslo de una vez, 6 de cada 10 empleos en México son informales porque no pagan cuotas de seguridad social, no tienen contrato, ni están registrados con algún patrón.

A lo largo de las décadas y desde que inició la estrepitosa caída del empleo formal, por ahí del final de la sustitución de importaciones y con la instrumentación de un modelo abierto e industrial se terminó por socavar el salario a costa de la competitividad internacional.

Los economistas consideraron que transitar hacia un modelo maquilador y barato implicaría un crecimiento del empleo y, por ende, un efecto multiplicador para las familias, pero no fue así. Lo que se logró fue poner los cimientos de un modelo de crecimiento basado en la precariedad y la contingencia, con bajos salarios y pésima educación.

Crisis fueron y crisis vinieron, de las que ahora no solo pagamos las consecuencias en el mercado laboral, sino que también, por generaciones vemos a las familias con más años de permanencia en la escuela, pero con escasas habilidades de lectoescritura y matemáticas, así como problemas de salud por falta de acceso a sistemas de prevención y protección social, solo por mencionar algunas de las consecuencias.

Estos problemas los compartimos con otros países en desarrollo, porque el modelo que adoptamos fue emergente y aspiracional, pero nunca reparamos en lo que se tenía que hacer para construir una economía sólida, así como una sociedad fuerte para apalancar esa economía. Todos crecimos disparejos.

México es el mejor ejemplo del crecimiento disparejo, cuando en 1994 el TLC atropelló a la economía del país muchos sectores desaparecieron y otros emergieron como promesas de que se puede crecer en la adversidad. La nación selló su lápida con la maquila (ropa, autos, industria) y la agricultura (flores, aguacates, frutas), sectores donde era “competitivo”.

Sin embargo, para la renegociación del T-MEC y con el aprendizaje del pasado nuestros socios del norte pusieron sobre la mesa lo insostenible del modelo mexicano, así que condicionaron el tratado a mejorar los salarios y las circunstancias laborales.

La reforma laboral que se legisló se ve bonita, pero será difícil de implementar. Busca ir por la instrumentación de un sistema de justicia laboral, fortalecer los sindicatos, respeto a los derechos de las mujeres y los indígenas, así como transparencia y rendición de cuentas.

El problema radica, otra vez, en que esta reforma sólo protege a los empleados de ciertas categorías y circunstancias. A lo que debemos sumar la complejidad que ha venido a arrojar la pandemia sobre muchos de esos empleos.

Por eso la reforma sobre el outsourcing parece prometedora, porque podría llegar a una quinta parte de trabajadores formales. Esto no quiere decir que de la noche a la mañana con la desaparición del nombre aparecerán mejores condiciones laborales, no, podría ser la puerta de entrada a un sistema más precarizado o de más trabajadores informales.

La función de gobierno respeta las leyes de la física, no hay ningún espacio vacío, siempre que desaparece algo llega a ser ocupado por otra cosa. ¿Será algo peor que le outsourcing? No lo sabemos.

El gobierno actual tiene el enorme desafío de demostrar que efectivamente va a acabar con el neoliberalismo. Una forma, es promoviendo el trabajo decente, abatiendo la informalidad y la precarización en sus múltiples formas.

Lo que se necesitan son trabajos decentes, unos donde las personas puedan tener un ingreso justo, seguridad en los lugares de trabajo, protección social para sus familias, derechos de organización y derecho a un retiro digno, pero esto, sigue pareciendo un sueño muy lejano para México.

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