Opinión

Esta no es una detención más

jueves, 22 de octubre de 2020 · 12:00

Twitter: @JesusFraRom

Desde hace muchos años México vive, a nivel instituciones, en una especie de narcogobierno. La razón: desde ayuntamientos hasta las altas esferas del Ejército Mexicano o de las instituciones federales encargadas de impartir justicia han estado corrompidas por el crimen organizado. Especialmente, aunque no exclusivamente, el narcotráfico.

La detención del General Salvador Cienfuegos, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional en tiempos de Enrique Peña Nieto ha sido un mazazo a la confianza de una institución que se presumía inalterable en sus preceptos de lealtad hacia el gobierno. Se sabe que Cienfuegos se convirtió en el Padrino de una escisión del cartel de los Beltrán Leyva.

Su sorpresivo arresto causó descontento en los detractores del gobierno actual: ¿por qué la DEA y no el gobierno mexicano ejecutó el arresto? Sencillo: la sociedad gobierno-narco que se ha venido amasando desde mediados de la década de los 70, cuando el gobierno estadounidense se propuso “acabar con el narco y las drogas mexicanas que matan a millones de norteamericanos al año”, creó una especie de halo impenetrable.

La función de ambos era clara. Unos recibían dinero para que el otro pudiera “trabajar libremente”. Sin embargo, los niveles subieron cuando el Ejército, policías federales, incluso estatales y municipales, fueron usados por los distintos cárteles para combatir a sus enemigos. Todo esto era un secreto a voces. Sin embargo, la detención de Joaquín Guzmán Loera, el otrora líder del Cártel de Sinaloa, fue la que destapó una Caja de Pandora que aún aguarda muchas sorpresas. Pero la primera ya la dio: fue él quien acusó a Cienfuegos de trabajar para sus ex rivales. A eso, se le suma una investigación secreta por parte de la DEA, la cual duró casi una década, para descubrir quién era el famoso Padrino que mandó miles de mensajes a través del servicio de mensajería BlackBerry a sus protegidos.

¿Y por qué en México no se sabe nada? Porque, y es hipótesis, es muy probable que el Jefe Supremo de las Fuerzas Armadas, en ese entonces Peña Nieto, viviera en una burbuja. O bien, supiera de los negocios de Cienfuegos y sus allegados y decidió hacerse de la vista gorda.

La realidad es más compleja. Supiera o no el entonces presidente, lo más preocupante es que los que estaban encargados de combatir al narcotráfico se dedicaran a protegerlos. Desafortunadamente, la imagen del Ejército Mexicano, que hoy sigue en las calles, ha quedado muy lastimada. ¿Cuántos de esos malos elementos siguen en activo? Convendría hacer una verdadera limpia. Porque no solo altos mandos estuvieron involucrados. Debe haber elementos en todos los escalafones que supieran de esto. Y sí, ellos dirán que solo acataron órdenes.

Toca al Ejército y, por qué no, la Marina, replantearse valores, objetivos y, sobre todo, lealtades. A algunos se las compraron. A otros se las robaron. A unos más se les obligó a guardarlas ante un personaje, pero no a una institución.

La detención de Cienfuegos no es una detención más. Podría ser el punto de partida para ponerle nombre y apellido a los eternos personajes imaginarios que colaboran o colaboraron con grupos del crimen organizado.

Todo apunta a que por fin el organigrama del narcogobierno quedará al descubierto. Lo deseable: que no hayan dejado sucesores.

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