La consolidación del relato político de AMLO en su Primer Informe

lunes, 2 de septiembre de 2019 · 09:51
Twitter: @JoseUrquijoR El Primer Informe de Gobierno que el Presidente Andrés Manuel López Obrador brindó a los mexicanos no fue nada nuevo. Fácilmente podríamos decir que este ejercicio al que es obligado por la Constitución, solo fue un resumen de 97 minutos de las 184 conferencias de prensa mañaneras que brinda de lunes a viernes desde el Salón Tesorería en Palacio Nacional. Nada nuevo bajo el sol.
El Primer Informe de Gobierno solo fue un resumen de 97 minutos de las 184 conferencias de prensa mañaneras.
Sin embargo, en esta entrega intentaremos reflexionar más allá de los datos, más allá de los comparativos entre su gobierno y los gobiernos que lo antecedieron, lo que representó el evento en materia de construcción de su propio relato político. Para adentrarnos en esta reflexión, es importante que definamos el concepto de Delato Político. De acuerdo con el Diccionario Enciclopédico de Comunicación Política de la Asociación Latinoamericana de Investigadores en Campañas Electorales (ALICE), el relato político es una historia persuasiva que actúa a modo de “marca” de un partido, líder o gobierno. Moviliza, seduce, evoca y compromete mediante la activación de los sentidos y las emociones. Confiere identidades de “nosotros” y “ellos”, define objetivos y propone una visión del pasado, del presente y del futuro.
El éxito de AMLO radica en gran medida en el uso de la retórica.
En este Primer Informe utilizó muchas de sus frases célebres que le hemos escuchado desde que era Jefe de Gobierno de la Ciudad de México, cuando iniciaba la construcción de su relato político. Su discurso de Palacio Nacional, así como la narrativa que ha construido a lo largo del tiempo es fantástica. Obviamente quienes lo escuchan fácilmente pueden adherirse a esta narrativa porque es visionaria e invita a un México idealista. El problema viene cuando vemos sus acciones que son contradictorias a la narrativa, a su México visionario. Por ejemplo, en el mensaje de este lunes hizo referencia a manera de agradecimiento al sector empresarial, particularmente a tres empresarios que lo acompañaron junto con la clase política del país: Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo; Carlos Salazar, líder del Consejo Coordinador Empresarial (CCE), y Antonio del Valle, del Consejo Mexicano de Negocios (CMN). Y no es fortuito que haya mencionado a estos empresarios. Luego de las cifras poco alentadoras en materia de crecimiento económico, el Presidente entendió que no puede haber desarrollo social sin crecimiento. Sabe que necesita al sector empresarial para lograr su visión de gobierno con justicia social, aunque con ello contradice dos de sus principales banderas de campaña: Separar al poder político del poder económico y acabar con la corrupción. A esta contradicción yo le llamo pragmatismo, aunque sus críticos más duros le dicen demagogia. Hay que marcar las diferencias: reconocer en AMLO a un extraordinario político en el manejo de la comunicación, la retórica, el lenguaje y los símbolos, no quiere decir que también lo convierta en un gran gobernante o estadista. El de López Obrador sigue siendo un discurso visionario, un discurso que busca generar una percepción muy específica que es distinta a la realidad. Es importante inspirar y delinear una visión que adhiera al pueblo, pero es más importante concretar resultados. La retórica de visión debe servir para hacer más fácil el ejercicio de Gobierno, pero cuando los hechos y la realidad superan a la retórica, la narrativa se daña y comienza a desarticularse el relato, como lo definen Virginia García Beaudoux y Orlando D`Adamo. Los autores señalan que los relatos políticos tienen cuatro fases desde que nacen y hasta que mueren:

Primero la Fase Embrionaria

Cuando el protagonista recurre a valores compartidos que explican la “nueva realidad”. Se omiten los desaciertos y se crean nudos idealizados que se transformarán en puntos de referencia. Hay alusión permanente a un discurso opositor que representa todo lo malo. ¿Les suena? Sí, es AMLO en campaña.
Se omiten los desaciertos y se crean nudos idealizados que se transformarán en puntos de referencia.

La segunda es la Fase de Consolidación

Suele tener lugar como consecuencia del triunfo electoral que legitima la lucha. Comienza a perfilarse un código discursivo propio. La división entre enemigos y seguidores se torna irreductible. Hay “movimientos de conversión”. Actores inicialmente alineados con otras fuerzas políticas, se convierten a la causa y se transforman en defensores del relato. La veracidad deja lugar a la verosimilitud. El razonamiento a la emotividad, y la complejidad a la simplificación. Sí, es la etapa en que hoy nos encontramos en México.

La tercera Fase es la del Deterioro

Cuando el relato se cronifica en una retórica plagada de repeticiones, estereotipos y etiquetas (que ya lo comenzamos a ver en el caso mexicano), el relato se vuelve rígido y difícilmente acepta los cambios propios de la política. En esta etapa se adquiere una estructura de dogma en la cual existen agentes personales o institucionales que catequizan sobre sus virtudes y acerca del valor de la lealtad de sus adherentes-devotos.

La última fase en la Fase de Colapso o Desarticulación

Sucede cuando las contradicciones se vuelven cada vez más frecuentes y aumenta la agresividad y la victimización. El actor comienza a dirigirse mucho más a su propio núcleo que y la retórica comienza a caer producto de la ausencia de resultados. En esta fase puede comenzar a construirse un nuevo relato como antítesis del establecido en la opinión pública. En esta ecuación, es importante definir también el papel que juega la oposición. En la última parte de su discurso, AMLO se refirió a la oposición como “reaccionaria y moralmente derrotada”, y lo dijo porque en el imaginario colectivo en nuestro país, pareciera que los partidos y los grupos parlamentarios de oposición siguen con la resaca tras las elecciones presidenciales. Por el contrario, una vez más en vez de señalar las incongruencias y los errores en materia de resultados, muchos de sus adversarios se concentraron en criticar el letrero de la mampara que estaba detrás del Presidente. Discutieron e hicieron tema de conversación si era el primero o el tercer informe del Presidente. Con tonterías como esa, un día sí y otro también, AMLO lanza bolas de estambre a sus adversarios para mover la conversación pública y quitar el foco a lo verdaderamente importante.
Pareciera que la batalla que le toca a la oposición hoy por hoy la están dando las organizaciones civiles.
Como lo han hecho siempre. Mientras muchos políticos de oposición criticaban la mampara, Organizaciones como México Evalúa estuvieron señalando incongruencias, contrastando los datos del presidente con la información oficial y estuvieron haciendo el trabajo que le correspondería principalmente a los partidos políticos.
La oposición debe entender que el triunfo y la popularidad del Presidente es directamente proporcional a la desmoralización de sus adversarios.
Para recuperarse deben consolidar una narrativa coherente y sólida que siembre la semilla de la credibilidad y cultivarla con acciones congruentes.

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