¿Lograremos salvarnos?

viernes, 12 de abril de 2019 · 08:20
Twitter: @AlfiePingtajo  I Tengo la sensación de que últimamente hemos dejado de preocuparnos por el otro, pero andamos exigiendo que sientan empatía por uno o por las causas de uno. Aún no entiendo con qué descaro podemos ir exigiéndole al otro que nos respete, acepte y tolere; pero no somos los primeros en ofrecerlo. Bienvenidos seamos a la época de: quiero que ser escuchado y comprendido, pero no esperes lo mismo de mi parte. II Cuando sufrí mi episodio depresivo-ansioso sabía que tenía dos opciones: atenderme, identificar los detonantes y buscar controlarme o vencerme y dejarle todo a pastillas que nunca me tendrían al cien. Algunas enfermedades mentales, pienso, son como el volcán Popocatépetl. Siempre tienes que estar alerta de sus distintas fases, estar en constante monitoreo y consciente de que siempre hay rutas de evacuación. Sin embargo, alguna situación puede darle fuerza a una vocecita que te dice: ni te esfuerces en correr, la lava ya está llegando a tus pies; ahí, involuntariamente te rindes. [caption id="attachment_45498" align="aligncenter" width="600"] Fuente: revistamagna.com.ar[/caption] Y sucede, a veces, que simplemente te cansas de vivir en estado alerta y optas por desconectarte.  Y más, cuando esa lucha la realizas en soledad y de los que esperas comprensión, obtienes indiferencia. III La palabra disculpa se ha puesto de moda. AMLO exigiéndole una a España por el daño realizado por sus ancestros a los nuestros, los pueblos originarios. Y también -a través del #MeToo México- algunas de las mujeres lastimadas, afectadas han externado que necesitan/buscan que el violentador asuma, se disculpe y haga lo necesario para no volver a dañar a nadie más. En el primer caso, no sé qué tan objetivo sea; en el segundo caso es justo, necesario, obligatorio. Empero, no es suficiente, es tan sólo parte de la cura, más no la solución a fondo. Cualquier individuo que ha sido violentado, en un porcentaje alto, tendrá crisis postraumática y debe ser atendida, pues la terapia ayudará a sanar y encontrar las herramientas para continuar viviendo. IV Mi educación primaria aconteció en el Colegio Benavente, perteneciente a la hermandad de los Lasallistas. Ahí y no en otro lugar es donde viví, en carne propia, lo cruel que podemos ser como humanos. Un sistema educativo que se basa en humillar al que reprueba una materia y viste con escasa ropa de marca, y -en cambio- aplaude al exitoso y adula al que viste ropa de diseñador son las primeras herramientas para destruir la autoestima de cualquier infante. Lo más sencillo habría sido replicar lo aprehendido con otras personas, básicamente cobrarles la factura a inocentes. Empero, llevo años casado con mi lucha: hacer que el otro me respete por mi forma de pensar y sentir, valiéndole madre la forma en que me vista, me peine o la posición económica que tenga. Dicho de otra forma, entendí que, si a mí no me gustaba que me trataran de cierta forma, yo tendría que ser el primero en evitar caer en esos vicios. V Durante estos días he leído y escuchado que las mujeres asesinadas, violadas y violentas nos competen y pertenecen a todos. Sí. Pero también, nos pertenecen, cada persona desaparecida, asaltada, asesinada y, sí, también cada suicidio. Cada ser humano afectado es víctima de un ente llamado sociedad del que somos parte. En lugar de atacarnos entre nosotros, deberíamos construir las alianzas y exigirles a nuestros dirigentes que implementen programas escolares para educar a los infantes en temas de igualdad de género, educación sexual y educación emocional. Y demás políticas públicas que puedan replicarse en las universidades y centros de trabajo. Eso sí ayudaría a comenzar a resolver el problema de fondo. La pregunta: ¿seremos capaces de aliarnos para salvarnos de la catástrofe?  

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