Música y trenes

miércoles, 2 de enero de 2019 · 08:01
Twitter: @Juanbonet

Terminé el año viendo por televisión un documental sobre trenes y música, dos de mis pasiones. Raro, porque nací, crecí y vivo en un país en el que no hay trenes. De pequeño fui de viajé un par de veces en tren, hasta Tijuana. De adolescente no pude ir más que hasta Querétaro. Ya después fue imposible. El presidente Zedillo se encargó de regalar los que nos quedaban, claro, era la lógica neoliberal haciendo eco del Pacto de Bucareli. A los tres meses de dejar el gobierno, Zedillo era consejero de Pacific Railroad. Ahí sí que ¡nadie dijo nada!!

El tren es no sólo un medio de transporte, es el sistema nervioso de un país. El pasajero de tren tiene la ventaja de no tener que lidiar con líneas aéreas ni con funcionarios aeropuertarios ni con revisiones de sus zapatos y calzones para comprobar que no llevan una bomba en el ombligo. En tren se lleva calma, se tiene tiempo para leer, para dormir y sobre todo, le da a uno tiempo de mirar y sentir la tierra. ¿Cuándo se inventó la prisa?

[caption id="attachment_35211" align="aligncenter" width="453"] Fuente: México Destinos[/caption]

Crecí, en este bendito país, oyendo sobre el cuerno de la abundancia, sobre nuestra proverbial unicidad; cosa de la que no sé bien si sentirme orgulloso o avergonzado. Nuestras particularidades son algo que nos distingue, para bien, pero también para mal. Nadie entiende muchas cosas, entre ellas, que no tengamos trenes. Aventuro la hipótesis de que puede provenir de ese hecho el que estemos tan mal sintonizados y tan desafinados; tan violentos y tan mal de la cabeza (basta echar un ojo a las redes para leer toda clase de disparates firmados por toda clase de personas; sí, hasta por intelectuales y funcionarios que –dicen- fueron a la escuela). No sé, quizá sea producto de que no tengamos un sistema venoso (ferroviario) y por tanto la sangre no se oxigene ni transporte lo que debe transportar a los órganos.

Bueno, el caso es que vi, en ese documental, un proyecto cultural ruso que era tan sencillo como llevar una de sus orquestas señeras de gira por todo el país. El director de dicha orquesta simplemente pidió que el Festival de Pascua dejara sus dominios naturales – Moscú y sus cercanías- para tocar y propagar su arte por el resto del país. No sé si sentir orgullo por nuestra casi religiosa particularidad o si ponerme a llorar.  La música nos entera del origen de nuestra alma y nos hace saber del alma de otros, de otras tierras, de otros tiempos, porque decía el clásico que todas las artes propenden a ella. No puede haber asunto más profundo e importante que la entreveración de nuestros ritmos y nuestras armonías.  Sin trenes y sin orquestas, es imposible. Una deuda más con la nación que nos heredan los sonrientes y autocomplacientes funcionarios neoliberales. Me puse a pensar de inmediato en la posibilidad de articular una cosa similar… pero es que ¡no tenemos trenes!!!!! ¡Carajo!!! ¡Dos millones de kilómetros cuadrados y ni un puto tren!!!  Será que a ellos, los rusos, los parieron Catalina y Pedro el Grande y Nicolás y a nosotros… Zumárraga y Carlos III. No se trata de ponerse a llorar y reclamar ideas iluministas para que me llamen malinchista. En realidad es un impulso de Vasconcelos.  Lo malo es que lo matamos antes de cualquier cosa. Ahora los genios de la gestión cultural pretenden matarlo y transitar a la modernidad, pero sucede como con el socialismo: quieren matarlo y trascenderlo antes de haberlo probado.

Me preocupa que la llamarada artística del país se desgañite exigiendo presupuestos más altos para cultura, pero no entienda que no se trata de gastar más, sino de gastar mejor.

La presbicia llega a todos lados. No quieren mejores proyectos, quieren más dinero, como el niño berrinchudo al que le prometieron algo y luego no vio la grandeza del regalo; se centró en que era muy pequeño y que no era lo que él quería;  no supo ver que los padres estaban muy gastados y con deudas heredadas de sus irresponsables abuelos. Bueno, me preocupa, pero no me sorprende.

Pues nada, que al horizonte y al origen se debe ir en tren, con el corazón acompasado y los artistas a bordo (los artistas, no la pandilla de energúmenos onanistas que pasean por alfombras rojas), y por cierto, habiendo dejado a los fanáticos del mercado libre, la “sociedad civil” y la globalización en el anden.

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