La mujer que recorría las calles de Londres vendiendo tiempo

domingo, 19 de mayo de 2019 · 10:01

Conocer la hora exacta en que permanecemos en este preciso momento, es fácil, basta con desbloquear el teléfono celular. Pero hubo una época en la que saber el preciso momento del día en que te encontrabas, era una especie de privilegio por el que había que pagar un precio. Y Ruth Belville algo sabía de ese negocio.

La historia de cuándo comenzó a tener un valor monetario el tiempo, tiene origen en la Revolución Industrial, cuando la vida de las personas -o de los trabajadores- comenzaron a regirse por las horas. Había un momento exacto para todo. A esta revolución, que estalló en Gran Bretaña en 1760, le debemos, por ejemplo, las estrictas reglas de trabajo que hasta nuestros tiempos, rigen el momento en que nuestros días deben comenzar y terminar: el reloj se convirtió en una atadura.

Reloj Arnold de la familia Belville
en el Science Museum de Londres.

En eso periodo de tiempo, solo existía una forma para conocer la hora exacta, o la hora local, que en 1847 fue adoptada en toda la isla de Gran Bretaña. Pero los relojes no eran tan precisos y debían ser actualizados constantemente, y para eso, las personas debían viajar con regularidad al Real Observatorio de Greenwich. ¿Y quién iba a hacer semejante tarea? Entonces al padre de Ruth Belville, que trabajaba como asistente en el observatorio, tenía la oportunidad de viajar a Greenwich y poner al día su reloj, un Arnold & Son que por cierto, era muy preciso y que contaba con una certificación que lo mantenía dentro de una décima de segundo correcto.

Fotografía de Ruth Belville publicada en el Evening News de Londres, en 1929. Imagen: Science Museum.

El negocio prosperó, incluso después de la muerte de John Belville, en 1856, y aún después de la jubilación de Mary Berlville, su esposa, en 1892, con la intervención de Ruth en el negocio, que prosperó hasta 1930 o entre 1940.

Lo que hicieron los Belville era ir por las calles de Londres y visitar compañías que requirieran de su tiempo. Mostraban su reloj, y eso bastaba para que las personas les pagaran. Los mantenían al día, o mejor dicho, al tiempo. En 1936, Ethel Cain comenzó a sustituir a Ruth como la señora del tiempo, con un nuevo aparato: el reloj de teléfono. Pero esa es otra historia.

Con información de io9 e Hipertextual.